lunes, 11 de febrero de 2008
A UN PASO DEL INFINITO
A un paso del Infinito, es la trilogía que narra las aventuras de Orgg de Bonn, un hombre prehistórico de la Tierra que es evolucionado física y de manera inteligente para realizar una misión suicida, y así salvar el universo.
En este link podrás obtener más información acerca del libro:
http://www.librosenred.com//Libros/aunpasodelinfinito.aspx
A continuación el primer capítulo en su versión borrador:
I
INICIA EL VIAJE
El paisaje se dejaba mostrar en toda su majestuosidad: grandes montañas con pinceladas de verde, marrón, blanco y gris embellecían y daban pruebas de lo espectacular que puede ser la naturaleza en su estado más puro. Una vibrante naturaleza llena de paz armonía y perfección difícil de describir, una belleza de un tiempo perteneciente al otrora, perteneciente al antes, a un pasado remoto.
Parecía un mundo solo, lleno de vegetación y rocas, casi nada alteraba el ambiente, casi nada distraía el equilibrio. Aparentemente.
En este mundo no existía contaminación, ni ruidos extraños, al contrario, reinaba un silencio claro lleno de armonía y calma natural. En apariencia, el ambiente se mostraba tranquilo consigo mismo. Sólo era una apariencia. (Como si se volara en descenso, en busca de la superficie, se logra apreciar) algo que se mueve: un trío de seres de apariencia humana pero con rasgos de simio, de facciones bastante duras, con cabellos despeinados y largos, llevando, como atuendos, jirones de piel que cubrían parte de su desnudez.
Corrían a través de una planicie extensa ubicada en la cima de una montaña, sus movimientos eran bruscos y algo torpes. Llevaban unas extrañas lanzas de madera con punta de hueso, los jadeos del esfuerzo en la carrera se multiplicaban en forma de eco en los campos que se encontraban alrededor.
Más adelante se divisaba la presa que perseguían los tres seres, un bisonte pequeño de crines gruesas marrones y lomo negro, el animal ya herido, cojeando y asustado trataba de escapar de los cazadores primitivos.
El borde de la montaña se aproximaba. El camino llano se iba estrechando por dos paredes de rocas que se levantaban a cada lado. El sendero conducía al extremo, dejando mostrar un abismo pronunciado que indicaba el final de la carrera.
Por un costado, un bosque espeso aparecía, rodeado por una grieta inclinada de unos 8 metros de profundidad en su parte más cercana al borde del precipicio. Por el otro, la formación de elevadas rocas impedía el libre movimiento del animal hacia los lados. El risco era anguloso y débil.
El cuadrúpedo miraba el foso profundo que tenía enfrente, ladeaba su cuello, viendo la grieta, el instinto le indicaba que tratar de huir hacia el bosque con la pata lastimada sería fatal. La respiración era intensa, sus extremidades temblaban y se movían con un tic nervioso.
Los hombres primitivos estaban detrás esperando, jadeaban con intensidad, uno de ellos amenazó con atacar al animal, pero el que parecía el líder lo detuvo. No podía sacrificar al animal sin verle a los ojos.
Era una extraña norma que se había impuesto en su mente primitiva, siempre
cazaba mirando los ojos de sus presas. El ser que iba a atacar se contuvo, esperando la orden del líder, quien a la vez era su hermano.
El instinto de supervivencia del bisonte le indicó que el escape era poco menos que imposible, así que giró para enfrentarse al enemigo.
En unos pocos segundos se observaron los hombres y la bestia como en un extraño ritual previo a la muerte
El animal embistió y con su empuje permitió que la punta de la lanza del líder atravesara la piel de un costado y lastimara una parte vital. Los demás atacaron de inmediato. Empujaban con fuerza apoyando sus pies descalzos en la tierra. El animal trastabilló y cayó al suelo, los cazadores aprovecharon esto para dirigir sus golpes con el arma rústica y rematar a la presa. Las lanzas entraban y salían de la bestia repetidamente, chispeando gotas de sangre alrededor.
Y de improvisto, salido desde la nada, un último grito, mezclando los sonidos de los hombres y el bisonte, se escuchó con fuerte resonancia por todo el paisaje del entorno.
La muerte necesaria para la supervivencia de otros comenzaba a aparecer una vez más.
Algunas aves que descansaban en unos abetos escaparon alarmadas por los gritos. El animal lanzó un último suspiro de vida, entregándose como premio al cazador.
Los hombres primitivos cayeron sentados con las piernas estiradas sobre la maleza, jadeaban y sudaban copiosamente. Respirando con dificultad, el líder se recostó sobre el suelo verdoso, apreció la inmensidad de un cielo despejado de nubes. Y su mirada recorrió todo el paisaje que lo circundaba, la necesidad primaria de alimentarse estaba empezando a subsanarse.
Los seres primitivos pasaron algunos minutos de descanso recostados en la escasa maleza, tratando de recuperar fuerzas. Luego, con un utensilios parecidos a cuchillos de piedra, comenzaron a desollar la piel, lo hacían de forma mecánica, sabían el oficio de limpiar al animal. La piel les serviría para vestir el cuerpo, y la carne para alimentar a la tribu.
La labor prosiguió hasta comenzar la noche. La oscuridad siempre asustaba a los hombres, por lo que el líder ordenó a los demás con un gruñido apurar la tarea. Utilizaron parte de la piel recién tajada para guardar los restos de carne.
Solo los tranquilizaba que una gran luna llena iluminaba la oscuridad, esa luna hacía las veces en el cielo de una lámpara gigantesca. No obstante, las estrellas nunca se habían visto tan nítidas e intensas en el firmamento.
Un ruido imprevisto alarmó al cazador líder, el crujir de unas hojas secas perturbó la tranquilidad reinante hasta el momento. El sonido se hizo más fuerte y por la intensidad el hombre aguzó sus sentidos, su instinto le indicaba la proximidad del peligro, tomó la lanza y comenzó a girar sobre sí mismo, tratando de localizar el origen del ruido. Los demás detuvieron el trabajo y se colocaron detrás del líder. Giraban lentamente para evitar ser descubiertos por el ruido de sus pisadas.
La claridad que producía la luna le permitía ver con cierta facilidad los alrededores. Un extraño y prolongado silencio llegó repentinamente produciendo miedo. Los hombres, asustados, pronunciaban sonidos indescifrables, mientras se movilizaban sigilosamente. El líder pedía silencio.
De la grieta próxima al bosque tupido, muy cerca del borde del risco, surgió de pronto un gran oso negro, el olor de la sangre lo había atraído. Se levantó sobre sus dos patas. En tamaño casi triplicaba la estatura de los hombres que defendían el botín de la carne recién cazada. Gruñía rabiosamente mostrando sus filosos dientes. Acorralaba a los pequeños seres, lanzando de vez en cuando zarpazos.
Las lanzas trataban de mantener a distancia el cuerpo del animal, mientras las garras luchaban por apartarla. El líder se abalanzó sobre la bestia, y el oso lo repelió con un zarpazo lanzándolo varios metros a lo lejos. Los otros dos seres atacaron y el oso salvaje los hirió con sus fauces y sus garras, retrocedieron. Uno de ellos resbaló y cayó por el precipicio. El otro, el hermano del líder, con las tripas, casi brotando de su torso, cayó al piso muerto. El oso se abalanzó para comérselo
Una lanza se enterró en un costado del animal, lanzando un grito de dolor. Volteó para ver quién la había arrojado, el líder acababa de lanzarla y trastabillando tomó otra lanza de uno de sus compañeros caídos. El oso se dirigió al líder, quien retrocedía alejándose de la bestia a la vez que levantaba el arma rudimentaria.
La parte saliente de una piedra del terreno hizo que tropezara y cayera de espaldas, el oso aprovechó y se abalanzó, la lanza apenas rozó el hombro peludo. Con la pata apartó la vara de madera y logró desprenderla del brazo.
El hocico se abrió en su máxima elasticidad mostrando toda la dentadura afilada y el animal salvaje se echó encima de su presa. El hombre trató de protegerse con los brazos y cerró los ojos entregándose a la muerte. A continuación: un grito del animal, un lamento corto y el gran peso del cuerpo peludo encima del hombre.
Rendido a la bestia esperó el dolor por dientes y garras rasgando su carne. No pasó nada, abrió sus ojos, los cuales para su escaso raciocinio ya deberían ser ojos muertos. Vio al oso, estaba inerte, parecía morder la tierra, se encontraba a unos pocos centímetros de su rostro. Empujó suavemente el cuerpo del animal y se levantó.
El oso había sido cortado por la mitad, parte de las vísceras del animal manchaban de rojo la tierra, otras embarraban el torso del hombre, este reflejaba en el rostro la incomprensión de lo que había sucedido. Se incorporó y pasó unos minutos parado cerca del oso, mientras observaba incrédulo los dos pedazos del cuerpo del animal muerto. Por instinto, tomó su lanza y la hundió de nuevo en el lomo del animal salvaje, no hubo ninguna reacción.
Pensó en despedazarlo y transformarlo en alimento, pero algo interno le decía que la carne de ese animal ya no era buena.
Comenzó a moverse lentamente sin darle la espalda a los restos de muerte. Dio unos pasos hacia atrás e inmediatamente buscó la carne del animal recién cazado, revisó a su compañero muerto: el hermano imprudente que siempre lo había acompañado a cazar.
Tomó el cuchillo de piedra. Se asomó por el precipicio y en el fondo logró divisar al otro ser. Un sonido como un lamento surgió de su garganta. Se vio sangre en un costado, se revisó y vio parte de la piel destrozada por la garra del oso, se tocó y el dolor que sintió le hizo pegar un intenso grito.
Luego sin perder tiempo se colgó en el hombro la bolsa de carne y comenzó a alejarse de las partes inertes del oso.
De vez en cuando miraba hacia atrás como esperando un ataque de nuevo. Nunca había visto un animal tan grande partido en dos pedazos con un corte tan limpio.
La luz de la luna empezó a crecer en intensidad, pocas veces el hombre miraba el cielo de noche, pero esta extraña intensidad luminosa provocó que lo hiciera. A la luna le surgió una raya que pareció separarla en dos y convertirla en un par de semilunas, solo estaban distanciadas por la extraña línea que había aparecido de pronto. Después, como un chispazo, del centro de la línea surgió un círculo amarillo que proyectó un rayo hacia el hombre en la tierra. El cuerpo humano fue separado del suelo verdusco y comenzó a subir lentamente mientras se resistía con violencia, evitando entrar por el círculo de luz.
Desde tierra se apreció como las dos mitades volvieron a unirse y la gran luna comenzó a moverse, lentamente al principio y después fue ganando velocidad, alejándose de las montañas y perdiéndose en la inmensidad de la noche, una noche muy negra, salpicada de estrellas de todos tamaños.
Sería la primera vez que un hombre de ese planeta conocería el espacio exterior, la primera vez que un ser vivo de ese mundo viajaría a través de las galaxias.
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